sábado, 22 de agosto de 2009

Personaje del Palo. Por Palo Pandolfi.

En esta tercera edición, tenemos el orgullo de homenajear a un indiscutido personaje del palo, uno que rockea con poncho y botas de gaucho. Es el caso de este joven de 84 años que, además de ser un gran músico, es una persona que va de frente y te canta la posta.

Nacido en el monte, hijo de un indio hachero, llegó a nuestras tierras Eraclio Catalin Rodríguez Cereijo, el anteúltimo de 14 hermanos que tuvieron que dividirse para poder vivir, a él le toco Alto verde. Trabajaba en un bolichón y allí empezó con el canto, hasta que a los 17 años se fue a probar suerte a la gran ciudad, donde años más tarde, se transformaría en Horacio Guarany. “Me decían ''andate a Buenos Aires, andá que vas a matar''. Y vine en el 42…y me maté de hambre”.

Dueño de una personalidad tajante, el poeta cantor supo ganarse el respeto y el cariño de la gente, cantándole a las mujeres, a la amistad (“El hacer amigos es mi oficio” dijo alguna vez) y a su más preciado tesoro: el vino. “El vino es una bendición divina: sensibiliza, crea alegría, junta a los amigos. Mi padre era malo, bravo, trabajaba hachando los montes de La Forestal. Pero los domingos tomaba vino y jugaba con sus 14 hijos, acariciaba a mi madre, cantaba... ¿Qué magia tiene el vino, me pregunté desde chico, capaz de devolverle al hombre la ternura, el canto y la alegría?”
“¡Si el vino viene, viene la vida
!” canta el trovador etílico, que alguna vez creó “El Templo del Vino”, un lugar exclusivo para agasajar a sus amigos. Según cuenta la leyenda, de cualquier canilla de la casa salía el jugo de la viña. “Exponíamos cuadros, editábamos libros y nos reuníamos: era una casa puesta al servicio de la cultura, el morfi y el chupi” recuerda el viejo Horacio.

Pero nada fue fácil en la vida de este santafesino. Haciendo honor a ese chorro de sangre india que lo enorgullece, siempre cantó a gritos lo que pensaba y lo que sentía, algo que muchos llamaron rebeldía. Consecuencia de esto, después de varias amenazas de muerte y atentados con bombas, tuvo que exiliarse en España, desde donde se enteraba cómo la dictadura militar hacía desaparecer todos sus discos. Hasta que en 1979, de tanto extrañar, regresó, y tuvo que soportar que le pusieran cinco bombas en “El Templo del Vino”, de las cuales, sólo una explotó. El tiempo pasó y con la vuelta de la democracia el cantor pudo volver a los escenarios, a las radios y a la televisión, recobrando así el romance con su gente.

Con respecto al Rock tiene una postura crítica: "Los rockeros argentinos son grandes músicos, pero equivocan el camino, porque no se ocupan de mejorar nuestra música, como hizo Piazzolla, sino que la ignoran y adoptan la música impuesta por Estados Unidos. A través de las multinacionales, ellos imponen el twist, el boogie-boogie, la conga, el rocanrol. Y crean un complejo de inferioridad: un chico argentino apaga la radio al escuchar una chacarera, porque cree que es de negro bruto ordinario”. Duras declaraciones de un hombre que defiende lo suyo, lo nuestro, la idiosincrasia de nuestra tierra. Y aunque no comparto sus expresiones, siento que no está tan errado.

Por si te quedo alguna duda, fijate si no es del recontra palo esto que plantea: "Lo que me interesa es la necesidad de crear casas de servicios sexuales controladas sanitariamente. Porque veo miles de muchachos que no pueden conseguir una muchacha, porque no tienen ropa, figura o medios. Y la necesidad fisiológica del coito es más importante que la del estómago: cuando el hombre siente el llamado del acto sexual y no tiene cómo ejercitarlo, se vuelve una fiera, y así están todos los días violando muchachas, viejas. Un jubilado, un viudo, un viejo, ¿cómo consigue una mujer?". ¡Así se habla Don Horacio! Postúlese que lo votamos, y mire que somos varios los de pelos en la mano… pero, lo de “violando viejas”… ¿no le pareció excesivo?.-

¿Hay Rock o no hay Rock?

Crónicas de una Rockeada entrerriana: Carneviva en Paraná!

Impuntual llegué corriendo a la estación. A falta de auto, Fluviales para cruzar el túnel. Caminando luego por calles entrerrianas que subían y bajaban, bebiendo el néctar de la cebada, hasta dar con el paradero, donde sería el gran banquete.
Sonidos apocalípticos y eclesiásticos nos recibieron, y un tren en medio del lugar que parecía, hasta el momento dormido, pero con ganas de despertar. Diferentes generaciones reunidas para celebrar el ritual, cuando de pronto, un pájaro naranja apareció en escena. Zapatos de frac, robados quien sabe a que mago de los 80. Pantalón de vestir y una camisola mezcla de monje tibetano y enfermero de loquero.
La pintura de fondo afirmaba que era Rock lo que estábamos viviendo, y por un momento sentí que estábamos en otra época. Volaban vasos de cerveza. Preservativos inflados se quemaban con los focos de las luces. Corta cuerda el bajo. Calzoncillo largo del guitarrista, Shaolin correntino. Y los brujos van por dentro, y la gente no para de rockear, a cabezas sacudiéndose.
La buena, encontré la lapicera. La mala, con 50º de calor se acabo la bebida en la cantina atendida por el club de padres de calle Racedo. Saltos del guitarrista, plagados rock. El pogo, muy al contrario de mis expectativas, se acrecentó propulsado por la sed. El pájaro arengaba a su propia banda como si fuera un fan, convidando sexo a las grupies al tocar con su lengua el micrófono. A mi lado, alguien intenta mandar un mensaje en medio del caos, perdiendo el celular entre sudor y pisotones, tomando conciencia de ésto y saltando él también sobre esa tecnología que lo tenía aturdido. 10, 9, 8, 7…..3, 2, 1, ¡y… Ay, qué lindo está!
El frontman se ha convertido en gestos, no para de comunicar, la hiperquinesia desaforada lo ha transmutado en un actor maldito del romanticismo. Eléctrico… epiléptico. Tirado en el piso saltaba y volvía a caer, mientras Rueda seguía disparando.
Los sonidos de la batería habían transformado el lugar en un verdadero rito, y al subfluvial en un túnel del tiempo, mientras hombres y mujeres de 40 volvían a los 20.
En uno de esos picos de color, revolcóse Angelini en un charco, su charco y respondió a convulsiones de energía. Gritos de profeta que terminaron en una especie de onomatopeya, cantos de pájaros, como búhos, sin silbidos… autóctono y profundo.
No es el final. Cambio de pilcha para sacar unos cuantos litros de sudor de encima y nuevamente en escena. Abrieron la puerta de emergencia y se ven los trenes abandonados que nos apuntan. Suena “Aún no vine” y todo parece estallar.
El pájaro siguió cantando, hasta morir en el piso a los gritos y desafiando a la gente que no paraba de aplaudir. ¡Multiplíquense! Pedía y ordenaba. “Yo sabía, en Santa Fe somos todos Carneviva”. Y parece que en Entre Ríos también.
La típica pelea por la lista se transformó en la foto de celular que todos llevan pero nadie tiene. La gente pedía más, y el artista se quedaba en el escenario, el lugar donde más cómodo parece estar. Los del sonido habían apagado el micrófono, pegó unos últimos alaridos y se fue, emocionado por la celebración. En pocas horas, la fiesta volvería a comenzar en Cayastá.
Ah me olvidaba… nos costó un huevo encontrar la calle principal.